El corazón del Bhagavad Gita (I)

Igual que un bosque bañado por el sol parece diferente según la hora del día, la «Bhagavad Gita» es un antiguo canto que no se agota aunque lo visitemos una y otra vez. No son más que setecientos versos repartidos en dieciocho capítulos pero ha acompañado a la humanidad desde que fue escrito —seguramente en el siglo IV a.C.— porque contiene ideas universales que no han caducado con el paso del tiempo.

Arjuna, tercer hijo del difunto rey Pandu, se prepara para la batalla en defensa de su derecho y el de sus hermanos a heredar el reino de su padre. Sin embargo, cuando es consciente de que para ello ha de matar no solo a sus primos, sino también a numerosos parientes y amigos, se siente desorientado y declina hacer uso de la violencia: «Aunque ellos estén dominados por la codicia y así no les parezca mal destruir a los familiares y estar en contra de los amigos, ¿por qué nosotros, viendo claramente el mal que hay en esa destrucción, no desistimos de cometer ese crimen?» (I, 38-39).

Como si fuera un bosque, la «Gita» ofrece amenos remansos y zonas más o menos escarpadas, lugares donde detenerse, claros y sombras, donde cada cual puede encontrar su espacio preferido y sentarse bajo la protección de su propio árbol emblemático. Pero como todas las cosas valiosas requiere tiempo, atención y paciencia. Así se mostrará en todo su esplendor y descubriremos en él todo lo que ofrece: un texto metafísico de hondura sagrada para los hindúes, un manual de ética universal, una historia alegórica y también un espejo en el que mirarnos. Porque Arjuna no es el imperturbable héroe de una tragedia, sino una persona de carne y hueso como nosotros, agobiado por la incertidumbre igual que nosotros ante cualquier decisión trascendente.

Bastan dos o tres versos para entender su sufrimiento al comienzo de la narración: «Arjuna soltó su arco y sus flechas en el mismo campo de batalla, y se sentó en el carro con el corazón abrumado por la angustia» (I, 47). El joven príncipe se debate entre la piedad y el deber, y en el fondo no serviría de mucho que en el bando enemigo no hubiera parientes directos porque un corazón compasivo extiende su afecto más allá de los lazos de sangre.

Por suerte Arjuna no está solo. El auriga que guía su carro es Krishna, encarnación de la divinidad, que a partir de aquí iluminará con su sabiduría y amor al joven cuyo espíritu se ha ensombrecido de repente.

En primer lugar, explica que no se puede matar lo inmutable (el Ser es eterno, omnipresente, inmanente y único), que no debe preocuparse por lo pasajero y que los sabios se mantienen ecuánimes sin afligirse. Pero más allá de estas ideas que competen al entendimiento, Krishna desvela una de las joyas que brillan para nosotros con fulgor propio en el «Bhagavad Gita»: la felicidad acompaña siempre a quienes son capaces de actuar desvinculados del fruto de sus obras. Es el karma yoga.

En otras palabras, nuestros actos conducen a la libertad si nacen de una fuente pura y si están alineados con el Ser en vez de estar orientados hacia la recompensa. El corazón humilde entiende esto con facilidad porque trasciende su interés personal y navega feliz en la corriente de un plan mucho mayor, como las aves que vuelan en grupo empujadas por cálidas corrientes de aire. El vuelo requiere equilibrio y estabilidad, y esas son precisamente las dos cualidades que alaba el Canto: «Se dice que está establecida en la sabiduría aquella persona que ha renunciado a todos los deseos de su corazón y permanece feliz en su Ser y por su Ser» (II, 55). Y más adelante: «En aquel que está pendiente de los objetos sensoriales aparece el apego. Del apego nace el deseo y del deseo la ira. […] Pero el ser humano dueño de sí mismo, que se mueve entre los objetos de percepción libre de atracción y rechazo, alcanza la serenidad» (II, 62-64).

Las enseñanzas del «Bhagavad Gita» discurren por un hermoso paisaje donde no falta la poesía que ilustra con imágenes cómo podemos guiarnos en el camino: «Porque la mente que sigue pendiente de los sentidos errantes arrastra su sabiduría como un fuerte viento arrastra una barca sobre las aguas» (II, 67).

¡Continuaremos el viaje!