El corazón del Bhagavad Gita (II)

El diálogo entre Krishna y Arjuna se organiza en cuatro momentos distintos que conviene identificar para no perderse en el bosque de las maravillas que es la «Bhagavad Gita». Se trata un mapa que nos sirve para entender que el Canto no es en absoluto una larga tirada de setecientos monótonos versos, ni tampoco una lista de consejos como los que un padre o un maestro desgranan para un hijo o un discípulo. Porque cuando Krishna manifiesta su divinidad, la «Gita» alcanza el estatus de revelación mística y nos permite acceder a una visión extraordinaria.

La estampa del desánimo de Arjuna antes de la batalla ocupa solo el capítulo primero y algunos versos del segundo. Desde el segundo al sexto capítulo Krishna explica los tres senderos (el de la sabiduría o discernimiento, el de la acción desinteresada y el de la meditación) que han de llevarnos a la verdadera libertad si demostramos con perseverancia que ese es nuestro destino. Tres senderos que responden a tres disciplinas yóguicas: jñana yoga, karma yoga y dhyana yoga. A los que se sumará posteriormente el sendero de la devoción, bhakti yoga, tan inspirador y poderoso que envuelve con su aliento y da vida a todos los demás.

«Dijo Krishna: En el principio de los tiempos, Arjuna, el de mente pura, establecí para este mundo dos firmes senderos, el de la unión por el conocimiento de la verdad para la persona contemplativa y el de la unión por las obras para la persona activa» (III, 3) Y después: «La llama de una lámpara que se encuentra al abrigo del viento no sufre ninguna oscilación. Así es la mente controlada del yogui que está absorta en la contemplación del Ser […] Por la concentración constante de su mente el yogui que es puro llega con facilidad a la plenitud total de la unión con lo Absoluto» (VI, 19 y VI, 28).

La tercera parte del libro abarca desde el capítulo séptimo hasta el duodécimo. Aquí la divinidad se autodefine: «Soy el sabor del agua, soy el resplandor de la luna y el sol, soy la sílaba sagrada de los Vedas (Aum), el sonido del espacio y la humanidad en los seres humanos. Soy suave aroma en la tierra, fulgor en el fuego, vida en todos los seres y austeridad en los ascetas» (VII, 8-9). Luego Krishna define lo Absoluto y responde a las preguntas de Arjuna sobre la identidad individual, el sentido del sacrificio y la coexistencia de los planos físico y divino. Como si fuera una lámpara sagrada, finalmente Krishna le hace entrega del misterio de la verdad y dado de Arjuna reconoce efectivamente a Dios, este se le muestra en toda su plenitud. Es la apoteosis del Canto, el encuentro entre Dios y el ser humano. Los velos de la ignorancia y de la retórica vana se desploman, la flecha ha alcanzado la diana: «Si tú consideras, Señor, que es posible que yo te vea, muéstrame, Dios de los que están en el camino, tu propia esencia eterna» (XI, 5). Krishna accede, dotando al arquero de visión sobrenatural: «En ese momento, Arjuna contempló allí, en el cuerpo del Dios de dioses, la unidad del universo con su inmensa diversidad. Y sobrecogido por el asombro, con el cabello erizado, Arjuna inclinó su cabeza ante Dios y juntando sus manos le habló así: En tu cuerpo, Dios mío, contemplo todos los dioses y las infinitas variedades de seres, Brahmâ, el Creador que todo lo dirige sentado en un trono de loto, y a los sabios y serpientes celestiales» (XI, 13-15).

Seguramente no les falta razón a quienes afirman que un texto tan antiguo como la «Bhagavad Gita» fue acogiendo con el paso de los siglos información de distintas fuentes; otra vez igual que un bosque variopinto en el que conviven especies de varios continentes, respirando al mismo tiempo, experimentando juntas el curso de las estaciones, celebrando al unísono el regalo de la lluvia.

Por eso, la cuarta y última parte del Canto deja atrás la escena mística que acabamos de relatar y da paso a una clasificación casi aristotélica de cualidades que nos permite volver a aterrizar en el mundo tangible de los sentidos terrenales. Es un cambio temático que enlaza bien con el carácter didáctico del texto, en el que Krishna alecciona a su discípulo.

Tres son las cualidades que sobrevuelan el mundo natural y de las que todo participa en distinta medida y concentración, atándonos —eso sí— por distintos medios a los objetos y experiencias. Son las «gunas», armonía, pasión e inercia: «Sattva (la armonía), que es pura, ilumina y equilibra. Y ata por el apego a la felicidad y al conocimiento. Sabe, hijo de Kunti, que rajas, cuya naturaleza es la pasión, nace del deseo y del apego. Y esto ata el Ser encarnado por aferrarse a la acción. Y sabe que la inercia de tamas nace de la ignorancia y lleva a la confusión y ata a los seres encarnados por medio de la incomprensión, la pereza y el sueño» (XIV, 6-8).
Queda claro que sattva ocupa un alto escalón, pero no el supremo. No es fácil de discernir, más cuando leemos: «Si un ser encarnado muere mientras la armonía de sattva prevalece, llega a las regiones puras de los que conocen lo más elevado» (XIV, 14). La clave una vez más vuelve a estar en el desapego, es decir, en la entrega y en la conexión con el ser. Consuelo Martín lo aclara en su versión comentada de la «Gita»: «Las regiones puras o reinos de Brahmâ son realidades relativas creadas por estados elevados de conciencia. Algunas veces se confunden estas indicaciones con las que apuntan al Absoluto no dual, no fenoménico, que se descubre no mediante el incremento de la armonía vibratoria, sino por el despertar de la conciencia en sí» (p. 244). Una vez más el trabajo yóguico vuelve a estar marcado por la búsqueda incansable de la precisión de lo sutil. Un trabajo nada fácil.
«Arjuna dijo: ¿Por qué signos, Señor, se puede conocer al que ha trascendido las tres cualidades (gunas)? […] Y Krishna dijo: Hijo de Pându, aquel que no rechaza el conocimiento iluminado, la actividad y la confusión cuando aparecen y tampoco los desea cuando desaparecen […] de él se puede decir que ha trascendido las cualidades» (XIV, 21-25).

No obstante, el Canto recomienda en sus capítulos finales una actitud sátvica en campos tan dispares como la fe, la alimentación, la austeridad y los regalos: «Los alimentos que vitalizan, que producen equilibrio en la mente, energía, salud y bienestar son los favoritos de las personas con la cualidad armónica de sattva» (XVII, 8). Lo mismo ocurre con la “triple austeridad” física, verbal y mental: «Se llama austeridad de la palabra al hablar que no daña, al que es verdadero, agradable y bueno, así como a la práctica del estudio de las escrituras. Serenidad en la mente, delicadeza, silencio, adentramiento y pureza del corazón, esa es la austeridad mental […] propia de la armonía y pureza de sattva» (XVII, 15-17).

El último capítulo concentra en la renuncia y en la devoción la fórmula para la liberación. La primera es la entrega desinteresada que purifica al ser humano y sus acciones. La segunda posibilita la unión con la divinidad: «Esa persona que ha dejado el egoísmo, la violencia, el orgullo, el deseo pasional, la cólera, el afán de posesiones superfluas y está libre del sentido de “lo mío”, vive en serenidad y es capaz de ser uno con lo Absoluto, con Brahman. […] Y al amar por igual a todos los seres, tiene la más elevada devoción hacia mí. Por esta devoción me conoce en mi verdadera esencia. Y al conocerme de verdad penetra de inmediato en mí.» (XVIII, 53-55). Es bhakti yoga, el yoga de la devoción que se anunció páginas atrás y que da sentido a todos los actos; corresponde a las criaturas que hacen uso de su libertad para orientar la mirada al cielo y seguir el camino del espíritu. Añade Krishna: «Te he revelado la sabiduría, el más secreto de los misterios. Medita sobre ello en su totalidad y luego actúa como quieras» (XVIII, 63). Que se haga al ser humano depositario de su propia ética es una de las virtudes más valiosas del Canto y abre las puertas para alcanzar, al final del viaje, el preciado corazón del «Bhagavad Gita» en nuestra próxima entrega.

¡Feliz lectura!