El templo en calma

Cuando acaba un curso llega el momento de hacer balance, de mirar a la esencia de lo aprendido y de permitir que cada cosa se asiente en su lugar. Solo en silencio y con el corazón abierto a la gratitud es posible integrar adecuadamente el trabajo de varios meses de práctica y atención constantes. Ese momento ha llegado y tal vez sea buena idea que puedas recogerte y, con los ojos cerrados una vez más, visitar el templo que habita en tu pecho, su altar dorado como un campo de girasoles al atardecer.
 
La intención con la que has practicado y practicas lo cambia todo. Y solo a ti te corresponde decidir su naturaleza. Cuando alguien se acerca al yoga, una parte sabia de su Ser manifiesta lo que quiere y sabe bien dónde se dirige. La luz llama a la luz, como decía Simone Weil, igual que una gema busca la claridad para expresar todos sus matices. Si una voz así se despierta en tu interior, solo hay un modo de afrontar la búsqueda: con implicación y autenticidad.
 
Así lo describe Jack Kornfield: «La expresión externa de nuestro corazón tal vez sea escribir libros, construir edificios, crear vías para que las personas se ayuden las unas a las otras. Tal vez sea enseñar a los jóvenes, trabajar la jardinería, servir comida o interpretar música. Sea lo que sea lo que elijamos, las creaciones de nuestra vida deberían estar enraizadas en nuestros corazones. Nuestro amor es la fuente de toda energía, capaz de crear y comunicar. Si actuamos sin conectar con el corazón, incluso las cosas más grandes de la vida pueden volverse áridas, carecer de sentido o tornarse estériles.»
 
Durante el descanso veraniego y hasta que volvamos a reunirnos me atrevería a hacerte estas dos propuestas: visita con calma el templo de tu corazón y lleva fuera de la esterilla lo que has aprendido siguiendo los dictados de tu propia sabiduría interior.
 
Con cariño,
 
Pedro